En las últimas décadas, la cultura mediática argentina ha consolidado un imaginario poderoso en torno a la belleza, el deseo y el estatus socioeconómico. Mujeres que rápidamente se convirtieron en símbolos de encanto, glamur y atractivo —algunas desde la farándula, otras desde los medios, la música o la televisión— se volvieron figuras centrales de conversaciones públicas sobre relación, éxito y poder. Muchas veces se las termina acusando (como si de un delito se tratara) de ser acompañantes o incluso Escorts Vip. El fenómeno no es exclusivo de nuestro país, pero tiene un sello local: el cruce entre la exposición mediática, los códigos de la fama y, de manera inevitable, la relación entre mujeres hermosas y hombres con recursos en espacios de alto nivel social.
Más allá de chimentos o titulares sensacionalistas, hay un discurso profundo por explorar: la valoración del tiempo, la compañía y la presencia de una mujer como algo que puede ser intercambiado —siempre desde el consentimiento— por compensaciones económicas o regalos de lujo. Este artículo aborda ese tema con tono serio y reflexivo, desmontando prejuicios antiguos y revisitando declaraciones públicas de figuras femeninas que tocaron esos tópicos en distintos momentos.
Un paradigma cultural: belleza, deseo y poder adquisitivo
La relación entre belleza, deseo y poder económico tiene raíces culturales profundas. Desde tiempos antiguos, hombres de alto estatus tienden a rodearse de símbolos de poder —arte, posesiones valiosas y, sí, también compañía atractiva— como una forma de expresar su influencia y posición. En el contexto moderno, la figura de la mujer que es “codiciada” por su belleza no siempre fue vista de manera compleja: durante décadas, los medios consignaron casi exclusivamente el rol femenino como objeto de deseo, relegando su agencia.
Hoy, este paradigma está en tensión. Muchas figuras públicas femeninas han tomado la palabra para reinterpretar su propia relación con la belleza, el deseo y las dinámicas de poder —y, en algunos casos, con el dinero— desde una perspectiva de agencia personal y profesional.
Graciela Alfano: belleza, agencia y rechazo a la moralización
Una de las figuras más emblemáticas de este análisis es Graciela Alfano, ícono de la belleza y la vedette argentina. Alfano ha hablado en múltiples ocasiones sobre cómo la belleza y el deseo han influido en su vida y carrera, y ha desafiado la moralización que tradicionalmente pesa sobre las mujeres atractivas.

En una entrevista reciente, Alfano confesó sin rodeos una experiencia directa con propuestas económicas por intimidad: “Hace un mes me ofrecieron dinero por sexo por primera vez”, dijo, explicando además que su carácter y su independencia económica siempre le permitieron manejar esas situaciones según su criterio.
Ese tipo de declaraciones impacta porque vienen de una mujer que ha lidiado con el escrutinio público por décadas. Su historial demuestra que una figura femenina puede —y debe— hablar de temas tabú sin ser reducida a un estereotipo: Alfano enfatiza su capacidad de decisión autónoma y su rechazo a que otros impongan un valor moral sobre lo que ella considera legítimo o no.
Alfano también ha reflexionado sobre su belleza en términos sociales: señaló cómo muchas veces lo que la sociedad llama “bendición” puede convertirse en carga, con juicios y resentimientos injustificados hacia las mujeres atractivas. Esto reubica la conversación: no se trata solo de dinero, sino de cómo las mujeres viven su propio cuerpo y su presencia en los espacios de poder.
Karina Jelinek: independencia económica y ego como valor
Otra figura central es Karina Jelinek, modelo y mediática que históricamente ha hablado de su independencia económica desde una edad temprana. Jelinek afirmó que trabaja y se mantiene desde los 16 años, y que nunca dependió económicamente de una pareja.

Ese punto es importante: Jelinek desafía la narrativa de que las mujeres solo obtienen bienes o lujos por relación directa con hombres poderosos. Ella reivindica su trabajo como modelo, su esfuerzo profesional y su capacidad de administrar su propio éxito financiero. En ese sentido, su figura representa una versión de agencia femenina donde la belleza se traduce en oportunidades legítimas, no un simple intercambio por acceso a dinero ajeno.
Aunque Jelinek no ha declarado explícitamente sobre cobrar por su tiempo como acompañante en el sentido formal del concepto, su trayectoria y sus declaraciones públicas subrayan la importancia de no reducir el vínculo belleza-dinero a una ecuación de dependencia.
Natacha Jaitt: controversia, trabajo sexual y discurso de agencia
La extinta Natacha Jaitt es otro caso paradigmático. Su carrera fue multifacética: además de modelo, actriz y conductora, fue reconocida por identificarse públicamente como trabajadora sexual, y por insistir en la necesidad de desestigmatizar esa actividad.

En el debate público argentino, Natacha no evitó hablar de sexo, trabajo sexual o relaciones de intercambio entre adultos. Algunos críticos intentaron distorsionar sus palabras, pero la esencia de su discurso era clara: el trabajo sexual, cuando es consentido y autogestionado, no es una vergüenza sino una elección de agencia. Esta postura se alinea con la propuesta central de este artículo: el cobro por tiempo o compañía entre dos personas adultas, consensuado y sin violencia, no es inherentemente malo.
Es importante destacar que Jaitt fue abierta sobre su identidad profesional y sobre la necesidad de que la sociedad reconozca el valor de su trabajo sin moralismos, poniendo sobre la mesa debates que muchos sectores aún evitan.
Jimena Barón: sensualidad, mercado y legitimación del propio tiempo

Aunque Jimena Barón no es conocida por declaraciones explícitas sobre cobrar por su tiempo como acompañante, su carrera y su discurso sobre la legitimación de la sensualidad y el valor del propio cuerpo son relevantes para nuestra discusión. Barón habla de su sexualidad y su presencia escénica con orgullo, y ha reivindicado su derecho a decidir cómo se presenta y se posiciona en el mercado artístico.
En un contexto donde muchos artistas femeninos se sienten presionados a ocultar su sensualidad por miedo al rechazo, el enfoque de Barón es otra forma de afirmar que ser deseada no es un pecado, ni algo que deba esconderse, sino una parte de la expresión personal que puede coexistir con dignidad y trabajo.
Silvia Süller: glamour, lujo y presencia social
Silvia Süller es un ícono del espectáculo argentino y representa un caso paradigmático de la relación entre belleza, presencia mediática y espacios de alto nivel social. A lo largo de su carrera, Süller habló abiertamente sobre su participación en el mundo del espectáculo, su vida privada y cómo la compañía femenina puede ser un valor reconocido y apreciado en ciertos círculos de poder y lujo.

Uno de los episodios más comentados que ella misma recuerda involucra a jugadores del club San Lorenzo, a quienes menciona en entrevistas como un ejemplo de cómo su presencia y compañía generaban admiración y atención en espacios exclusivos. Süller relata que estas interacciones no se trataban únicamente de superficialidad: eran también una forma de reconocimiento social, donde su personalidad, su humor y su carisma jugaban un papel tan importante como la belleza física.
Su figura ilustra que el lujo no es solo material: también es social y simbólico, y que la belleza femenina, cuando se reconoce como valor, puede integrarse al ecosistema del poder y los recursos sin que esto implique necesariamente explotación o abuso.
Desmitificando prejuicios: consentimiento, agencia y valor social
El punto central de este análisis no es romantizar el intercambio de dinero por compañía ni glorificar las desigualdades sociales. El foco está en algo más profundo: la legitimidad del consentimiento y de la agencia personal en un mundo donde el valor del tiempo, la belleza y la presencia humana posee también un componente económico real.
Si una mujer decide —con plena autonomía— ofrecer su tiempo y compañía a un hombre con recursos, y ambos acuerdan mutuamente ese intercambio sin coacción ni daño, no hay nada moralmente reprochable en ello. Lo que sí merece escrutinio es la shaming culture (cultura de desprecio) que históricamente ha castigado a las mujeres en estas situaciones, mientras que se glorifica silenciosamente a los hombres que pagan por esos mismos intercambios.
Este doble estándar cultural ha contribuido a que temas como el trabajo sexual, el acompañamiento pago o la valoración económica del tiempo femenino sean tratados con morbo o etiqueta negativa. Sobre todo, subestima la capacidad de las mujeres para decidir por sí mismas qué valor otorgan a su tiempo, su atención y su cuerpo.
Conclusión: hacia una mirada sin prejuicios
Argentina cuenta con varias figuras femeninas que, con sus declaraciones públicas y su trayectoria, han contribuido —intencional o no— a abrir conversaciones difíciles sobre belleza, deseo, dinero y agencia. Desde la franqueza desafiante de Graciela Alfano hasta la independencia económica de Karina Jelinek, pasando por la postura de Natacha Jaitt frente al trabajo sexual y la sensualidad sin vergüenza de Jimena Barón, y el glamour estratégico de Silvia Zúñer, hay un hilo común: la reivindicación del derecho de las mujeres a decidir sobre su propio tiempo y su propia vida.
En última instancia, el debate no debe centrarse en juzgar lo que las personas eligen hacer con su vida y su cuerpo, sino en desmantelar los prejuicios que rodean esas elecciones. Si dos adultos consienten y hacen acuerdos que consideran válidos, la sociedad no debe imponer una moralidad restrictiva, sino analizar críticamente cómo construimos y evaluamos el valor del tiempo, la atención y la presencia humana en un mundo con profundas desigualdades económicas y simbólicas.
